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Criterios operativos para el
desarrollo sostenible
por Herman Daly
El desarrollo —que no crecimiento—
sostenible supone una gestión de recursos renovables sometida a dos principios:
las tasas de recolección deben ser iguales a las tasas de regeneración
(producción sostenible) y las tasas de emisión de residuos deben ser iguales a
las capacidades naturales de asimilación de los ecosistemas donde se emiten los
residuos. Los recursos no renovables se deben gestionar de manera que su tasa
de vaciado se limite a la tasa de creación de sustitutos renovables. Otros
factores, como la tecnología o la escala de la economía, también tienen que
armonizarse con el desarrollo sostenible.
Las expresiones «desarrollo
sostenible» y «crecimiento sostenible» son hoy de uso bastante común. Sin
embargo, su significado sigue siendo vago. El recurso a la distinción entre
crecimiento y desarrollo que ofrecen los diccionarios puede aportar alguna
claridad. Crecer significa «aumentar naturalmente de tamaño por adición
de material a través de la asimilación o el acrecentamiento». Desarrollarse significa
«expandir o realizar las potencialidades con que se cuenta; acceder
gradualmente a un estado más pleno, mayor o mejor». En una palabra, el
crecimiento es incremento cuantitativo de la escala física; desarrollo, la
mejora cualitativa o el despliegue de potencialidades. Una economía puede crecer sin desarrollarse, o desarrollarse sin crecer, o hacer ambas
cosas, o ninguna. Puesto que la economía humana es un subsistema de un ecosistema [2] global
finito que no crece, aunque se desarrolle, está claro que el crecimiento de la
economía no puede ser sostenible en un período largo de tiempo. El término
crecimiento sostenible debe rechazarse como un mal apaño. El término desarrollo
sostenible es mucho más adecuado. El desarrollo cualitativo de sistemas que no
crecen ha sido observado durante largos períodos de tiempo.
El Informe de la Comisión Brundtland
(Comisión Mundial para el Medio Ambiente y el Desarrollo, 1987) ha contribuido
sobremanera a destacar la importancia del desarrollo sostenible y a ubicar
realmente esta cuestión en los primeros lugares del orden de prioridades de
Naciones Unidas y de los bancos multilaterales de desarrollo. A fin de alcanzar
este considerable consenso, la Comisión debió ser escasamente rigurosa a la
hora de evitar la auto-contradicción. Se tenía la esperanza de que la notoria
contradicción de una economía mundial creciendo a tasas de orden 5 a 10 al
tiempo que se respetaban los límites ecológicos —una contradicción que está
presente, aunque suavizada, en el Informe— sería resuelta en la discusión
posterior. Pero en la práctica, la señora Brundtland ha venido defendiendo
la necesidad de crecimiento económico a tasas del 5 o del 10 como elemento integrante
de un desarrollo sostenible [3]. En
este sentido, debería haber hablado de «crecimiento sostenible», pues ha
aceptado completamente la contradicción implícita en esta expresión.
Pero no deberíamos reprochárselo a
la señora Brundtland. Después de todo, ella ha abierto las vías políticas para
el reconocimiento del concepto más adecuado de desarrollo sostenible, y esto es
todo un logro. Otras personas, libres de las ataduras que implica la necesidad
política de mantener unidos sectores contradictorios, deberán afrontar el
desafío de dar un contenido lógicamente consistente y operativo a la idea
básica del desarrollo sostenible. Aquí trataremos de dar algunos pasos en esta
dirección.
En lo que se refiere a la gestión de
recursos renovables, hay dos principios obvios para el desarrollo sostenible.
Primero, las tasas de recolección deben ser iguales a las tasas de regeneración
(producción sostenible). Segundo, las tasas de emisión de residuos deben ser
iguales a las capacidades naturales de asimilación de los ecosistemas a los que
se emiten esos residuos. Las capacidades de regeneración y asimilación deben
ser consideradas como capital natural. El no mantenimiento de estas capacidades
debe ser considerado como consumo de capital y, por tanto, como
no sostenible [4].
El capital, tanto el natural como el
que es obra del hombre, puede ser mantenido a niveles diferentes. Nuestra
intención no es mantener intacto el capital a cualquier nivel, sino a nivel
óptimo. En el caso de los recursos renovables (bancos de pesca sujetos a
captura, ganado, árboles, etc.), se sabe desde hace mucho tiempo que existe un
tamaño de stock que permite obtener un rendimiento máximo por período de
tiempo. Aun cuando este máximo biológico sólo coincide con el óptimo económico
(que maximiza el beneficio) en el caso de costes constantes de recolección o
captura, no parece que haya ninguna razón para no atenerse al criterio de
maximización del beneficio optando por niveles que mantengan intacto el capital
natural. La maximización del beneficio anual sostenible no es lo mismo que la
maximización del valor actual descontando costes y beneficios futuros. El
criterio del valor actual es problemático desde el punto de
vista de la sostenibilidad. Ésta es una cuestión que requiere ulterior
investigación.[5]
Desde luego, el capital que es obra
del hombre también debe mantenerse intacto. Esto plantea el problema de cuál es
la combinación adecuada de capital obra del hombre y capital natural, que a su
vez suscita la cuestión de si el capital obra del hombre y el capital natural
son sustitutivos o complementarios en la producción. En el pasado, el supuesto
del que partía la economía neoclásica era que el capital obra del hombre es un
sustituto casi perfecto de los recursos naturales y, consecuentemente, del
capital natural que genera ese flujo de recursos naturales. No hay duda de que
una casa es un sustituto superior a una cueva o a un árbol como lugar para
vivir, pero éste no es el tema. El tema es la índole de los papeles que juegan
los recursos y el capital en la construcción de una casa. ¿Son complementarios
o sustitutivos? Debería resultar obvio que son básicamente complementarios y
sólo muy marginalmente sustitutivos. El hecho de tener dos o tres veces más
sierras y martillos no nos permite construir una casa con la mitad de madera.
Las sierras pueden sustituir a la madera sólo en el sentido muy marginal de que
una sierra de mejor calidad tiene una hoja más delgada y afilada y un corte más
fino, por lo que produce menos serrín y así permite utilizar un poco menos de
madera por casa construida. O bien una nueva prensa de aglomerado puede
convertir el serrín producido en tableros. De esta manera, el capital es
sustitutivo de los recursos en el limitado ámbito de la minimización y el
reciclaje de los desechos del material utilizado. Pero esta posibilidad
de sustitución es ínfima en comparación con la abrumadora complementariedad que
existe necesariamente entre lo que se transforma (recurso) y el agente de la
transformación (capital).[6]
En la producción, un flujo de
materia y energía procedentes de la naturaleza se transforma en un flujo de
productos acabados por la acción de un stock de transformadores, que son el
trabajo y el capital. Capital y trabajo son mutuamente sustitutivos hasta
cierto punto, debido a que su función cualitativa en la producción es la misma:
ambos son agentes de transformación del flujo de materias primas en productos
acabados. Pero los papeles cualitativos de recursos y capital son totalmente
distintos: tan distintos como pueden serlo el transformador y lo transformado,
el stock y el flujo. También existe una considerable posibilidad de sustitución
entre diferentes recursos —piedra y madera, o aluminio y cobre— porque su papel
en la producción es cualitativamente similar: todos ellos son materiales
sujetos a transformación. Pero la posibilidad de sustitución de recursos por
capital es una cuestión cualitativamente distinta, muy distinta, y es muy
limitada.
Debe estar claro para cualquiera que
sea capaz de ver más allá de meras operaciones con papel y lápiz sobre una
función neoclásica de producción que el material transformado y las
herramientas de la transformación son complementos, no sustitutos. ¿Acaso
nuevos aserraderos sustituirían unos bosques en proceso de extinción? ¿Más
refinerías sustituirían pozos de petróleo ya vacíos? ¿Redes más grandes pueden
sustituir bancos de pesca diezmados? Más bien puede decirse, por el contrario,
que la productividad de los aserraderos, las refinerías y las redes de pesca
(capital obra de los hombres), declinará con el venir a menos de los bosques,
las reservas petrolíferas y los peces. El capital natural, como fuente de
materias primas y energía, es complementario del capital obra de los hombres.
El capital natural, como receptáculo de los productos de desecho, es también
complementario del capital obra de los hombres que generan esos desechos.
Una vez se acepta la
complementariedad del capital natural y del que es obra de los hombres, se hace
claro que el desarrollo está limitado por aquel que existe en menor cantidad.
En la pasada era de «economía en un mundo vacío» el capital obra de los hombres
era el factor limitativo. Actualmente estamos entrando en una era de «economía
en un mundo lleno», en la que el capital natural será cada vez más el factor
limitativo. El desarrollo sostenible exige que el capital natural sea mantenido
intacto y las reglas enunciadas anteriormente permiten conseguirlo en el caso
del capital natural renovable.
Queda en pie la cuestión de
los recursos no renovables que, en rigor, no pueden mantenerse intactos a menos
que no se utilicen (¡y si nunca fuesen a ser utilizados no habría necesidad de
guardarlos para el futuro!). Pues bien, es posible explotar recursos no
renovables de un modo cuasi-sostenible limitando su tasa de vaciado a la tasa
de creación de sustitutos renovables.
El uso cuasi-sostenible de recursos
no renovables exige que toda inversión en la explotación de un recurso no
renovable lleve aparejada una inversión compensatoria en un sustituto renovable
(por ejemplo, la extracción de petróleo comportaría la plantación de árboles
para la obtención de alcohol a partir de madera). La idea es dividir los
ingresos netos procedentes de recursos no renovables en un componente de renta
que puede ser consumido regularmente cada año y un componente de capital que
debe invertirse en el sustituto renovable. La división se efectúa de tal modo
que al término de la vida del recurso no renovable, el renovable esté rindiendo
un producto anual sostenible equivalente al componente de renta de los ingresos
no renovables. El economista El Serafy (1989) ha mostrado en qué manera esta
separación entre renta y capital depende de la esperanza de vida del recurso no
renovable (reservas divididas por la tasa de vaciado) y de la tasa de
descuento, en este caso la tasa de crecimiento de la alternativa renovable. La
componente de renta es mayor cuanto más grande sea la tasa de crecimiento del
sustituto renovable y cuanto más prolongada sea la esperanza de vida del
recurso no renovable. De este modo la reducida corriente de consumo del recurso
no renovable se convierte en auténtico ingreso (consumo sostenible) porque su
continuidad se asegura a perpetuidad gracias al rendimiento del nuevo activo
renovable.
El principio general está claro, aun
cuando subsisten cuestiones abiertas relativas a la índole exacta de la
compaginación y las reglas que han de gobernarla: el proyecto renovable
paralelo ¿debe ser un sustituto muy cercano al no renovable o puede aceptarse
cualquier proyecto renovable que genera un valor equivalente del consumo
sostenible? Tal vez hubiese que probar primero con la norma menos restrictiva.
Además de asegurar sustitutos renovables para los recursos no renovables, hay
que asegurar también la pervivencia del capital natural complementario, como la
capacidad del ecosistema para absorber desechos. En el caso del carbón, por
ejemplo, la capacidad de absorción de desechos es un factor más limitativo que
la cantidad de reservas de carbón; esto es, la cantidad extraída de carbón estaría
más limitada por la capacidad de descontaminación que por el volumen de
reservas existente. La inversión renovable aparejada debería dirigirse, por
tanto, a la expansión de la capacidad de descontaminación. En el caso del
carbón, la plantación de árboles hace las veces tanto de elemento de depuración
del CO2 como de fuente de energía alternativa. Sin embargo, la
capacidad de descontaminación predomina.
En lo que se refiere a la
tecnología, la norma asociada al desarrollo sostenible consistiría en dar
prioridad a tecnologías que aumenten la productividad de los recursos
(desarrollo), el volumen de valor extraído por unidad de recurso, más que a
tecnologías que incrementen la cantidad extraída de recursos como tal
(crecimiento). Esto significa, por ejemplo, bombillas más eficientes de
preferencia a más centrales eléctricas, así como un diseño de productos y de
procesos susceptible de facilitar el reciclaje de materiales tanto en el seno
de la propia economía como vía ciclos naturales de los ecosistemas (biodegradabilidad).
La mejora de la eficiencia del consumo final de los recursos es deseable, con
independencia de que los recursos sean renovables o no renovables.
Desde una perspectiva
macroeconómica, la escala de la economía (población por uso de recursos per
capita) debe situarse dentro de los límites de la capacidad de carga de la
región, en el sentido de que pueda mantenerse la escala humana sin recurrir al
consumo de capital. En última instancia esto implicaría un límite a la escala
total de la utilización de recursos, lo que a su vez implica límites al tamaño
de la población y al uso de recursos per capita —así como un trade-off
[comercio exterior] entre ambos— en la región. Los países pobres que no
pueden permitirse ninguna reducción en el uso de recursos per capita deberán
concentrar obligadamente sus esfuerzos en el control del tamaño de la
población. Los países con altas tasas de uso de recursos per capita tienen
con frecuencia bajas tasas de crecimiento demográfico, por lo que deberán
dirigir sus esfuerzos más al control del consumo que al control de la
población, si bien este último no puede obviarse en ningún país. El crecimiento
cuantitativo tanto de las poblaciones como de la producción y consumo de
mercancías deberá, en último término, finalizar; pero la mejora
cualitativa puede proseguir en un régimen de desarrollo sostenible. Sin
embargo, el crecimiento entre un 5 y un 10 en el tamaño de la economía [7] considerado
imperativo por el Informe Brundtland requeriría, aun poniendo el máximo énfasis
en el desarrollo, un enorme crecimiento de la producción total que sería
ecológicamente devastador.
La lucha contra la pobreza será
mucho más difícil en ausencia de crecimiento. El desarrollo puede ayudar, pero
una seria disminución de la pobreza exigirá el control de la población y una
redistribución dirigida a limitar las desigualdades de riqueza. Estas dos
implicaciones del desarrollo sostenible son demasiado radicales para ser
afirmadas abiertamente; parece claro que el precio a pagar para eludirlas, un
cierto grado de autocontradicción, no les resulta a los políticos demasiado
elevado si con ello pueden seguir en el cargo. Pero no pueden ser eludidas de
manera «sostenible».
Para concluir, vale la pena tratar
de descartar un fácil malentendido. Un prolongado hábito ha hecho que la
palabra crecimiento sea, en el espíritu de muchas personas, sinónimo de
incremento de la riqueza. Estas personas dicen que debemos tener crecimiento
porque sólo si nos hacemos más ricos será posible hacer frente al coste de la
protección del medio ambiente. Que todos los problemas serían más fáciles de
resolver si fuésemos realmente más ricos, está fuera de discusión. Lo
discutible es si el crecimiento, en el margen actual, nos está haciendo en
verdad más ricos. En la medida en que el crecimiento de las dimensiones físicas
de la economía humana empuja más allá de la escala óptima relativa a la
biosfera, nos hace de hecho más pobres. El crecimiento, como cualquier otra
cosa, puede costar más de lo que vale en el margen. El crecimiento, al que
dimos en referirnos habitualmente como «crecimiento económico» mientras
estábamos por debajo de la escala óptima, se convierte en «crecimiento
antieconómico» una vez se ha sobrepasado dicho óptimo.
Traducción de Gustau Muñoz
· Bibliografía
El Serafy,
S., 1989, «The proper calculation of income from depletable natural resources»,
en: Y. J. Ahmad, S. El Serafy y E. Lutz (eds.), Environmental Accounting for
Sustainable Development, World Bank, Washington, DC, pp. 10-18.
Brundtland,
1989, «Benjamin Franklin Lecture», Washington, DC.
Georgescu-Roegen,
N., 1971, The Entropy Law and the Economic Process, Harvard University
Press, Cambridge, MA. Cambridge, MA. (vers. Cast.: Argentaria, Madrid, 1996).
Page, T.,
1977, Conservation and Economic Efficiency, John Hopkins University
Press, Baltimore, MD.
Pearce,
D., 1988, «Economics, equity and sustainable development», Futures, 20,
pp. 598-605.
Perrings,
C., 1987, Economy and Environment, Cambridge University Press,
Cambridge.
World
Commission on Environment and Development, 1987, Our Common Future, Oxford
University Press, Oxford/Nueva York. (vers. Cast.: Alianza, Madrid, 1988)
[1] Herman E. Daly pertenece al Departamento de Medio Ambiente del
Banco Mundial, Washington, DC (USA). Las opiniones presentadas aquí son del
autor y no reflejan necesariamente la posición del Banco Mundial.
[2]Un ecosistema es un sistema, una unidad claramente
distinguible, donde interaccionan factores bióticos (seres vivos) y abióticos
(no vivos), generalmente de modo autorregulado. El ecosistema global finito a
que se refiere el texto es, lógicamente, el planeta Tierra.
[3] Véase su «Benjamin Franklin Lecture», Washington, DC, 2 de mayo
de 1989.
[4]David Pearce (1988) ha analizado la sostenibilidad en términos de
capital constante.
[5] Véase especialmente Talbot Page (1977).
[6] Sobre los problemas de las funciones de producción que ignoran
el capital natural y su relación con el capital obra de los hombres, véase
Nicholas Georgescu-Roegen (1971) y Charles Perrings (1987).
[7] Una cantidad que se incremente un 5% anualmente se duplica en 15
años; si aumenta a razón del 10% se duplica en menos de 8.